15 de septiembre de 2018

DECADENCIA


"Todo es real" solucionó para mi el problema filosófico de la realidad. “Todo es real” acepta todo; todo lo pensando, todo lo inmaterial y todo lo sensible. Negarlo es negarnos a nosotros mismos, porque el simple hecho de pensarnos es un claro ejemplo de que la materia trasciende hacia algo inmaterial e intangible. ¿Podemos tocar un pensamiento? No. ¿Podemos tocar la música? No. Todo lo imaginado de alguna forma sucede y todo ello de alguna forma se plasma, como la música y el pensamiento surgen de algo material, orgánico, palpable; un cerebro… un instrumento... Las catedrales no serían posibles sin la idea de Dios, sin haber pensado en Dios... El mundo es más complejo que lo que tocamos, ni siquiera entendemos lo que tocamos, ni sabemos de lo sagrado y de lo profano.


En los niños los sueños que prenden su imaginación son la manifestación de su voluntad de poder.


Sólo se sufre por lo que se ama, ya sea por una persona o por una pasión; o a causa de las personas que te odian o de las pasiones convertidas en vicio.


La genialidad es la locura cuando hace las cosas estéticamente bellas y sublimes.


Asumimos sin dudar que en la vida de los hombres existe la moral y que ésta es necesaria. Existe el bien y el mal, elementos mundanos porque desde la perspectiva de un Dios la moral no existe, o al menos no un horizonte claro de lo que es el bien y el mal. No obstante ¿no ha sido el mal lo que ha forjado para este mundo a las personas más fuertes y más bondadosas, más duras y más sublimes, más resistentes y más tenaces? Visto así, la paz es mala, degenera a los hombres, les hace creer que son algo por encima de los demás, se proveen sólo de derechos y ponen gestos de pesar por las obligaciones: se vuelven delicados, malcriados, no valoran nada… ¡se ponen a la altura de los dioses!, y ni luchan por nada que no sea ellos mismos a muy corto plazo. Visto así, en el mundo de los hombres la paz es perversa, les envilece y a su vez les deja plenamente desarmados para ser manipulados. Y me diréis que en tiempos de guerra el mal campa a sus anchas, y así es, pero también surge lo mejor de muchas personas, surgen los valores más auténticos y las amistades se fundan en lo que la amistad significa, auténtico amor; digamos que en la guerra todo queda al descubierto, cada cual es quien es y aún así es el mal más absoluto lo que da lo mejor de las personas. Que el mal y el bien siempre están presentes entre los hombres, sí; que hay gente mala y gente buena, sí; que existe gente superior e inferior, sí; ¡y la paz es mala y la guerra es buena!


Entendamos algo violento como el efecto que quiere causar: dolor. Ese dolor se inflige física o psicológicamente. En un mundo tan altamente anestesiado y tecnificado como el occidental esa violencia, esa forma de hacer daño, se lleva a cabo de forma subrepticia, atacando a la dignidad de las personas mediante multitud de subterfugios y formalismos legales. Una violencia adaptada a los débiles de corazón y de espíritu -físicamente también-, para personas que no afrontan los problemas como lo haría alguien defendiéndose de verdad ante una injusticia si la hubiera. Los débiles sólo se defienden con derechos, y ante eso, amigo mío, los fuertes, los llamados violentos, sólo pueden poner la cara para ser azotados por el código penal y las hojas de reclamaciones. Y aún así estos débiles no hacen uso de su fuerza, si a esto le podemos llamar fuerza, para hacer justicia, sino para aprovecharse, para sacar beneficio, para causar daño gratuito.


La ley de la oferta y de la demanda es un imperativo económico que parece imponerse en todas partes donde se manejan parámetros de consumo y venta, aunque esto no debe ser siempre así. No obstante es una ley general en el mundo liberal-capitalista. Se cumple tan a raja tabla que la cultura y la producción artística se ciñen al nivel de su público. Cuando la cultura estaba en poder de las élites todo sonaba mejor. No me refiero a las élites del dinero, a los nobles y/o titulados y/o a los burgueses, sino a las élites del buen gusto.



Quizá fuera necesario separar a los hijos de sus padres, del estado... y criarlos de forma que estos hijos pudieran criar a los suyos de forma sana para un futuro creativo y ascendente.