18 de octubre de 2018

LA PEOR DE LAS MALDADES Y LA MEJOR DE LAS VIRTUDES


Dar pena es maldad y posiblemente la peor de las maldades. Es originada por quien no es precisamente débil, sino vilmente manipulador y astuto… aunque de ello abusa el débil, quien desarrolla esta modalidad de la maldad para compensar su poca nobleza y escasa entereza, convirtiéndola finalmente en su condición: el pobrecito es un ser que sobrevive a base de maldad. La empatía de la persona noble tiende a caer ante el arte de dar pena. De este modo el débil parasita a los más elevados, que ingenuos no ven venir las malas y perversas intenciones. Cuando se dan cuenta es demasiado tarde y las soluciones se tornan difíciles y aveces toscas ante la terquedad de quien usa la maldad de dar pena. Las soluciones dadas serán vistas como de alguien sin corazón e insensible carente de moral y de piedad y de conmiseración; cuando es precisamente por un exceso de empatía que se destapa el engaño de aquel que da pena y surge esta situación, a la vista impulsiva y hasta desmesurada. Pero tal cosa no es consciente para todos, y por ello el fuerte siempre es el malo en una sociedad de piadosos.


El heroísmo es la voluntad que no se conforma con vivir, sino que quiere saludar a la muerte y pisar ante ella la gloria. El heroísmo es la voluntad que se eleva cuando el aire se vuelve irrespirable y los músculos exhaustos siguen avanzando. El heroísmo es la capacidad del hombre por afrontar la vida y por afrontarse a sí mismo y superarse. El heroísmo es ir con espíritu de guerra ante todo y ante todos, pisar fuerte, dejar que todo alrededor tiemble. El heroísmo es participar del éxtasis de los dioses, ¡querer, desear y anhelar ser como un Dios!, encaminarse sin piedad al destino por muy trágico que éste sea y decir ¡sí, yo cumplo la Voluntad, yo cumplo mi destino!


De todas las virtudes que un hombre es capaz de poseer es el heroísmo como éxtasis de la voluntad, como impregnación de destino que no todos los hombres se dan o les es lícito, la más elevada de todas. No sólo engrandece al hombre sino que le hace encontrar aliento aún cuando todo parece perdido. El heroísmo ha ganado más batallas a última hora porque todo estaba perdido que la estrategia, y si no que se lo digan a los magníficos españoles, antaño fieros y temidos.


Siempre hemos pensado que darle poder a las gentes es lo correcto. Pero la gente no sabe qué hacer con el poder. La gente por lo general no sabe qué hacer con su vida. No entiende qué es el poder, no entiende qué es la libertad. La gente sólo sabe pedir cuando sólo debería obedecer. Esta es la realidad. Pedir y dar pena pidiendo. La pena es uno de los mecanismos del discurso político. En política dar pena es ser demagógico. Insuflar a las masas haciéndolas dignas de su propia podredumbre, hacerlas enorgullecerse de su propia miseria: y no me refiero a una miseria material, que bien mísero es por sí mismo quien sólo mide la vida por lo que tiene. Me refiero al hecho de hacer a las gentes orgullosas de su insignificancia, otorgarles dignidad sólo por ser hombres, y ni siquiera eso, sólo por ser.


El siglo veintiuno será recordado como aquel donde la gente perdió el juicio. No digo la Razón porque con la Razón se ha perdido el juicio. El siglo veintiuno será recordado como la lucha incansable contra la naturaleza y contra la biología, llamando naturaleza y biología a lo que sólo es experimentación social y de laboratorio: lavado de cerebros y mutilación. El siglo veintiuno será recordado como el siglo donde los piadosos por fin han ganado, purgando a los fuertes, purgando todo aliento de grandeza. La degeneración en todos los ámbitos, en el arte y en la vida de los hombres, será reflejo de la utopía que los sueños locos siempre han deseado. Y todo ello será porque los fuertes sintieron miedo de su propia fuerza ante el llanto de los débiles y contrahechos.