2 de abril de 2009

CICLO "NIETZSCHE Y EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA" (PARTE II/IV)

EL UNO PRIMORDIAL, LA INTUICIÓN DE LA UNIDAD DE LAS COSAS, LA INOCENCIA DEL DEVENIR Y LA VOLUNTAD DE PODER


El Nacimiento de la Tragedia es la primera gran obra de Nietzsche. El propio filósofo dice de ella que es un tanto “inmadura” haciéndose así mismo una autocrítica, que sentenciaría de forma apabullante al señalar que Wagner y Schopenhauer «echaron a perder su obra». Y es que en EL Nacimiento de la Tragedia es más que patente sobre todo la influencia de Schopenhauer, utilizando su terminología. En relación a Wagner, su influencia es más artística, más musical que filosófica, pues tal es el campo del músico; y casi diría que la música es filosofía, o, al menos, materia etérea en constante filosofar: es como si Nietzsche buscara lo apolíneo y lo dionisíaco en Schopenhauer y en Wagner.

Podría decirse que este libro surgió de una inspiración wagneriana, con la que Nietzsche pudo escribir esta interesantísima primera obra, publicada en el año 1872, fecha a la que ya hicimos referencia en la PARTE I de este ciclo. Además, Nietzsche ya muestra con maestría su talento como elaborador de antítesis, como confrontador de fuerzas, que a posteriori, con Genealogía de la Moral, alcanzaría el grado del genio en la elaboración de dichas figuras retóricas.

Al escribir estos artículos para este ciclo me he propuesto ser lo más intuitivo posible, de la misma forma que lo fue Nietzsche escribiendo El Nacimiento de la Tragedia; siendo así lo más natural, igual de natural que un perro noble expresando su dolor y su alegría, sin fisuras, sin falsedades, siempre verdadera, nunca coartada por la vergüenza o el miedo hacia las miradas opacas y «acegadas» del “espectador crítico”. Así he de expresarme pues, natural, sin artificios propios de nuestra cultura, dionisíacamente, o lo que es lo mismo, o casi lo mismo, trágicamente. ¡Sea este ciclo con sus artículos una especie de prosa ditirámbica!

También hemos de tener en cuenta el substrato metafísico de esta obra, substrato que el propio Nietzsche atacaría en obras posteriores. Así pues, El Nacimiento de la Tragedia ha de situarse en una primera fase dentro de toda la obra de Nietzsche que podríamos llamar período metafísico.

Sin más dilación, empecemos analizando el pensamiento trágico nietzscheano, esa intuición de la que se percata Andrés Sánchez Pascual prologando El Nacimiento de la Tragedia:

(…) Lo que Nietzsche expone en este escrito es su intuición y su experiencia de la vida y de la muerte. Todo es uno, nos dice. La vida es como una fuente eterna que constantemente produce individuaciones y que, produciéndolas, se desgarra a sí misma. Por ello es la vida dolor y sufrimiento: el dolor y el sufrimiento de quedar despedazado lo Uno primordial. Pero a la vez la vida tiende a reintegrarse, a salir de su dolor y reconcentrarse en su unidad primera. Y esa reunificación se produce con la muerte, con la aniquilación de las individualidades. Por eso la muerte es el placer supremo, en cuanto que significa el reencuentro con el origen. Morir no es, sin embargo, desaparecer, sino sólo sumergirse en el origen, que incansablemente produce nueva vida. La vida es, pues, el comienzo de la muerte, pero la muerte es condición de nueva vida. La Ley eterna de las cosas se cumple en el devenir constante. No hay culpa, ni en consecuencia redención, sino la inocencia del devenir. Darse cuenta de esto es pensar trágicamente. El pensamiento trágico es la intuición de la unidad de todas las cosas y su afirmación consiguiente: afirmación de la vida y de la muerte, de la unidad y de la separación. Mas no una afirmación heroica o patética, no una afirmación titánica o divina, sino la afirmación del niño de Heráclito, que juega junto al mar. (…)

Palabras de Andrés Sánchez Pascual es la introducción de: Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, año 2004. BA 0616, págs. 19, 20. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

La Inocencia del devenir muestra al hombre sufriente sometido a los avatares de los dioses y al irrefrenable fluir de las cosas. La vida es un chorrear constante que se escapa del hacer humano, por ello el hombre es inocente en el devenir; no debe sentirse culpable, pues no es su poder controlar su destino ni el inexorable acontecer: la historia es en tal sentido de una esencia mitológica y epopéyica, no moral (y lineal), sino heroica (y cíclica) e irracional; la responsabilidad reside en los dioses por lo tanto, por ello el Olimpo era el consuelo del hombre griego, por ello el hombre griego les ofrecía culto: el poder de los dioses no era ni cuestionado ni amonestado, ya que el poder de tan elevadas esferas era asumido sin más al escaparse de la comprensión humana (bajo esta óptica el hombre griego era sumamente honesto y bellamente trágico): Nietzsche nos muestra al hombre antiguo más sabio, consciente de su pequeñez en el mundo. ¡Qué bello pues el hombre trágico, el hombre dionisíaco, mostrándose fuerte, activo y titánico, como héroe mortal ante los dioses!

En oposición a esta idea nace a posteriori la Culpabilidad del Devenir bajo el masoquismo socrático de la moral, haciendo responsable al hombre del orden natural de las cosas, dando al hombre todo el protagonismo de la existencia. En el orden natural de las cosas expuesta apolíneamente con el Olimpo, la Ley y el Orden eran aventurados por los dioses, mientas que con el precursor Sócrates la Ley queda bajo el influjo artificial del hombre, bajo la mirada confusa y manipulable de la moral y de la ética, siempre arropada por los harapos de la apariencia. La ley Natural es transparente, y así nada queda impune. La intuición, saber primordial de las cosas naturales y eternas, queda aniquilado ante la racionalidad socrática, saber lógico de las cosas artificiadas. El sufrimiento dionisíaco era consecuencia en parte de esa transgresión a lo apolíneo, que era el orden, producto de las pasiones y de la vida que se expresa naturalmente y de forma espontánea: a esto se le llama heroicismo.

La inocencia del devenir es aceptar el mundo tal como se nos aparece. La ética, floreciente en el hombre racional en un sentido no apolíneo, sino socrático, pretende poner diques al fluir. Qué gran negación de la realidad no querer rumiar con alegría lo que acontece: los moralistas pretenden, por poner un ejemplo, negar la naturaleza del carroñero que come carne muerta, pensando que su naturaleza es inmoral cuando es la Ley, dentro del orden natural ,que le ha sido otorgada e impuesta. La inocencia del devenir es la única verdad del mundo, siempre cambiante, nada absoluta, sino en constante reciclar, como constante ida y vuelta al Uno Primordial: «(…) la inocencia del devenir es la comprensión de la realidad y de nosotros mismos sin orden, sin permanencia, sin legalidad alguna que venga de fuera; el orden y la legalidad las pone el hombre en un mundo cambiante para negarlo. El devenir no tiene sentido, ni una interpretación verdadera y exclusiva, ni un modo único de ser valorado y apreciado. Es fluyente y cambiante, multiforme e inabarcable, supone aceptar que el mundo es tal y como se nos aparece y no como a la razón le gustaría que fuese. La inocencia del devenir es una conducta que está más allá del bien y del mal, de los conceptos cerrados y negadores de lo fluyente, supone la comprensión del cambio y de las apariencias fuera de la vanidad humana que pretende hallar verdades y valores absolutos»
(www.forosofia.com/private/conceptosniet.doc).

El Uno Primordial debe entenderse bajo la intuición de la unidad de las cosas y bajo la ley que impone la inocencia del devenir. Ese desgarramiento (nacimiento o comienzo de la muerte) y posterior fusión (muerte y condición de nueva vida) con el Uno Primordial es un ejemplo del eterno devenir. Es el eterno retorno (la afirmación constante de la vida), no sabemos de si lo mismo o de lo diferente (aunque si reciclado), que Nietzsche ya intuía y que es una forma de pensamiento trágico. Y dicho pensamiento es dionisíaco, pues a él va dirigido: Dioniso, dios de las pasiones, del vino y de la alegría, que nace en primavera y muere en invierno, ¡¿no simboliza él el Uno Primordial y su fluir además de la naturaleza esférica del tiempo que siempre regresa al mismo punto?! Y este fluir no es un fluir cualquiera, no es el fluir de los racionales, de los moralista, no es un fluir de progreso… es un fluir cíclico, un fluir con el que Nietzsche pretendía incrustar en el tiempo la noción de eternidad, para que la historia adquiriera otra dimensión, la dimensión irracional, pues la historia como tal no tiene sentido, no tiene un fin, es un constante devenir de ida y vuelta hacia el Uno Primordial, un constante combate de fuerzas en eterno antítesis para posterior síntesis.

El Uno Primordial es la auténtica voluntad si hacemos caso a la definición de Schopenhauer sobre este término, definición que utilizó Nietzsche: «(…) no significa una facultad individual o colectiva, sino (…) el centro y núcleo del mundo». La Voluntad aparece así como principio unificado y originario del mundo; pero a su vez es «múltiple en sus formas fenoménicas», tal como aparece impreso en las Notas del Traductor de la edición que he utilizado de El Nacimiento de la Tragedia (Nota nº20), mostrándonos intuitivamente su principio creador. Entonces el Hombre aparece en el mundo como individuaciones (múltiples éstas), como desgarramientos del Uno Primordial. El hombre no es pues un hombre con voluntad propia bajo estas normas definitorias, sino un espectador de esa voluntad omnipotente, que manifiesta mediante el arte escultórico (quedándose estancado en la apariencia); así mismo, el hombre también es parte de esa voluntad, con la virtud de poder representarla, incluso podríamos decir que el hombre es voluntad en cuanto que procede de ella (pero no es el sujeto, por lo que realmente no es la voluntad misma, sino una pequeña emanación), expresada mediante lo dionisíaco (la música, el héroe, etc.). Creo que existe una gran conexión entre esa "carencia de voluntad" y la inocencia, pues al ser el hombre creador de nada, sino meramente un espectador del eterno fluir y un imitador mediante el arte de la existencia, queda totalmente exento de una valoración moral, de la misma forma que no consideramos malo o bueno a un niño que hace una trastada, simplemente decimos que es un niño. Por ello, no es malo el hombre dionisíaco lleno de una voluntad irradiada de esa voluntad suprema, transgrediendo lo Apolíneo, provocando a Apolo alegremente. La concepción es totalmente amoral, no hay ni bueno ni malo en una acción vitalista y afirmadora; si bien lo dionisíaco es el desparpajo, la heroicidad del hombre, y lo apolíneo es ese orden que le ha dado el hombre helénico al mundo, su consuelo ante una vida verdaderamente irracional. Así que el hombre no tiene una voluntad propia, sino el impulso manifestado de la voluntad suprema de la vida, del Uno Primordial; lo apolíneo es lo que pone orden, lo que frena la vida desbordada y la alegría inconmensurable de Dioniso. Afortunadamente, ambos se sintetizaron, ambos se comidieron recíprocamente para que hubiera Ley y Orden entre los hombres, pero también alegría.

Sin más, me rindo ante mi incomprensión o comprensión parcial de El Nacimiento de la Tragedia. Sólo un hombre lo más intuitivo posible podría comprenderlo masivamente. Yo, seguro y no conforme de mí incompetencia al verme como demasiado racional, he de asumir que ante las palabras aparentemente sencillas de este libro se esconde una gran sabiduría, un saber que es eterno y que no se atiene a razones, y eso es lo que fastidia al socrático, perseguidor de verdades absolutas y de una realidad no cambiante.■

1 comentario:

  1. Pues para no haber comprendido mucho, como dices al final, has tratado una serie de puntos muy importantes con notable saber hacer. Es un artículo muy trabajado y te doy la enhorabuena.

    Más teniendo en cuenta que son conceptos escurridizos cuya comprensión resulta difícil al hombre de hoy en día, inserto plenamente en unas coordenadas ideológicas y de análisis de las que debe escapar si quiere entender algo de lo que se dice en este libro de Nietzsche y, lógicamente, en tu artículo sobre él.

    Un ejemplo de lo que digo: tantos y tantos siglos de culpabilización nos han llevado, en el momento actual, a un punto verdaderamente extremo, opresivo, donde se hace necesaria una profunda reelaboración de esquemas y premisas básicas para comprender algo tan bello como la inocencia del devenir.

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