9 de abril de 2009

CICLO "NIETZSCHE Y EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA" (PARTE III/IV)

CULTO CONTRA FE CRISTIANAS.
EL PAGANISMO Y EL MONOTEÍSMO.
LA DECADENCIA DE EUROPA.

(a León Riente)


(…) La leyenda de Prometeo es posesión originaria de la comunidad entera de los pueblos arios y documento de su aptitud para lo trágico y profundo, más aún, no sería inverosímil que ese mito tuviese para el ser ario el mismo significado característico que el mito del pecado original tiene para el ser semítico, y que entre ambos mitos existiese un grado de parentesco igual que existe entre hermano y hermana. (…)

(…) Y así los arios conciben el sacrilegio como un varón, y los semitas el pecado como una mujer, de igual manera que es el varón el que comete el primer sacrilegio y la mujer la que comete el primer pecado. (…)


Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, año 2004. BA 0616, págs. 96, 97. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

(…) Quien se acerque a estos olímpicos llevando en su corazón una religión distinta y busque en ellos altura ética, más aún, santidad, espiritualización incorpórea, misericordiosas miradas de amor, pronto tendrá que volverles las espaldas, disgustado y decepcionado. Aquí nada recuerda la ascética, la espiritualidad y el deber: aquí nos habla tan sólo una existencia exuberante, más aún, triunfal, en la que está divinizado todo lo existente, lo mismo que si es bueno como si es malo. (…)

(…) Para poder vivir tuvieron los griegos que crear, por una necesidad hondísima, estos dioses: esto hemos de imaginarlo sin duda como un proceso en el que aquel instinto apolíneo de belleza fue desarrollando en lentas transiciones, a partir de aquel originario orden divino titánico del horror, el orden divino de la alegría: a la manera que las rosas brotan de un arbusto espinoso. (…)


Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, año 2004. BA 0616, págs. 53, 54. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

El pecado atenta contra la moral, mientras que el sacrilegio lo hace contra el orden natural de las cosas, pues el pagano (el ser ario) reconoce a la naturaleza tal cual es y tal como se manifiesta, por lo que su enfoque es amoral y pagano frente lo moral y semítico de las religiones monoteístas. El pagano llega así a un mayor grado de comprensión de la naturaleza y de la vida en sí, mientras que el monoteísta, al no superarla, intenta transformar la vida mediante la moral, transfigurando así su entorno y la propia naturaleza del hombre, estableciendo el muro que nos alejaría de las primeras y esenciales cosas de la vida.

¡Qué más podría decir de esas palabras de Nietzsche con la que se empieza a leer este artículo! ¿Acaso no habla claro Nietzsche? ¿No debería ser necesario un simple aldabonazo suyo para hacer que una mente intuitiva brote de alegría? No, el hombre actual se empecina “cual cochino obstinado” (¡ja!) a negarlo todo. ¿Y acaso no habla Nietzsche de la exuberancia pagana, del culto estético y de la vida heroica de los hombres antiguos europeos? ¿Acaso no habla de esa voluntad pagana y afirmadora ante la vida, de ese reconocimiento triunfal y grandioso hacia los dioses que representan la naturaleza misma: sus frutos, sus iras, sus…? ¡Qué vida más auténtica la del pagano, la del ser de las cosas bellas, la del ser amante de las cosas naturales, la del “ser del culto” que abraza a los árboles! Pero claro, esto se da entre hombres puros y gentes nobles, entre mentalidades bonhomías que aceptan el orden natural de las cosas.

Con la "espiritualización" (entre comillas, pues precisamente esa espiritualidad es la carencia de ella) y moralidad socrática, precursoras de las doctrinas monoteístas del mundo e iniciadoras del largo proceso de decadencia de Occidente y del ser europeo (no olvidemos que Nietzsche es en cierto modo un identitario europeo), nos alejamos de la belleza del mundo, del culto a la vida. Ya nada es y no, ni nada es bello y feo, sino que algo es bello y lo feo debe ser borrado; y lo que es debe ser torturado por lo que es no. Y la concepción moral es cambiante, pero no como un fluir sanguíneo y vital, sino como un gusano deambulando entre una materia muerta en descomposición; si antes era algo sí, bien podrá ser no posteriormente. Eso es por falta de claridad de ideas, por falta de valores auténticos y de una identidad voluptuosa; y así sostienen el mundo no sé cuántos millones de pusilánimes… A modo de proclama, al estilo de León Riente, utilizo sus mismas palabras: ¡Una Europa judeo-cristiana, es decir, débil, no durará ni cincuenta años más! Y qué gran verdad la de León Riente. Sólo un pagano se atrevería lanzar tal proclama, tan valiente predicción. Si bien cincuenta, o sesenta, o cien años más… ¡da igual!, Europa debe cambiar de actitud o dejará de ser la que fue, cuna de sabiduría, un lugar inspirador para el mundo entero.

Europa está rendida… ¡¿Acaso necesitamos un nuevo Prometeo, un nuevo amigo para el hombre?! ¡O Sócrates! ¡O moralistas! ¡Vosotros fuisteis, sí, aquellos que cometieron el primer sacrilegio contra la vida! ¡A vosotros bien es debida nuestra decadencia! Mirad a Oriente y juzgad… ¿no veis el empuje de grandes civilizaciones que nos aplastarán como a hormigas? Europa está indefensa ante esas corpulentas y musculosas masas culturales y pueblos, más firmes y vigorosas que “Europa la Cansada”. Ya no somos espartanos, ni celtas, ni siquiera romanos, ahora somos la Europa de todo el mundo, una Europa rendida ante su historia… ¿Por qué te sientes culpable, Europa, de tu historia? ¿Acaso no eres ejemplo del devenir, de la vida misma, que construye y muere y luego vuelve a nacer? ¡Sí, esa historia la hicieron los moralistas, aquellos que ven sólo lo bueno y lo malo, no la voluntad del hombre desafiando la vida en el acto, en la acción! En la antigüedad no existía el acto moralizado, sino el acto paradigmático: era la cultura de los hombres ejemplares y notables, la del culto a las acciones que hacían bellos a los hombres y a los pueblos. Y es que antes no había pecado, sino sacrilegio. Y ante el sacrilegio nada queda impune: el que mata atenta contra la vida misma y debe sufrir su castigo, el que... Y no penséis que el hombre no-moral (amoral) era un ser sin conciencia, ¡pues tantas cosas significa conciencia! ¡Ay de aquellos que le dieron una semántica moralizante! ¡Todo nuestro verbo es judeocristiano!


Muchos pensarán que el paganismo es sangre, pero ¿cómo no iba a serlo si ésta significa vida, si es el fluir mismo de la vida? ¿Acaso los cristianos no beben la sangre de Cristo? Toda religión o concepción de la vida se me antoja sangrienta, unas más y otras menos, otras más bellas, otras no tanto, otras afirmadoras y otras negadoras. Eso es la fe y el culto. El culto es el ofrecimiento, es una explosión de voluntad del hombre hacia lo que ama, propio de seres de conciencia despierta, sapientes de su lugar en el mundo; al contrario, la fe es la ceguera, un retraimiento del ser que no ofrece nada más que su propio sufrimiento auto inflingido, producto del dogma previamente moralizado; se deduce pues que en el cristianismo la moral es filtrada y es convertida así en dogma. ¿Qué muerte tan espantosa para el hombre? Ya no está muerto al negar la vida, sino que deja de pensar: es el hombre puramente sin conciencia, que sólo obedece a lo revelado por ... ¿quién?

Y bien, espero que este texto escrito por mí, junto con los de Nietzsche, dejen constancia de una Europa que fue y de la Europa que es hoy, de una Europa vigorosa y fuerte y una moribunda y culpable de haber sido el paradigma, el ejemplo a seguir del resto de los pueblos, y si no ejemplo, al menos objeto de admiración. ■

1 comentario:

  1. Ante todo, muchas gracias por haberme dedicado a mí este artículo tuyo tan contundente. Conoces bien que detesto los escritos tranquilos que expelen las universidades; también que la pasión, en las ideas y en su expresión, es, para mí, signo al menos de una actitud intelectual coherente y cierta.

    No quiero comentar nada a lo que has escrito, sobre todo porque veo este texto más como proclama que como argumentación. Lo cual no significa que carezca de sólidos argumentos. Me refiero, sobre todo, al aspecto formal.

    Proclama, por otra parte, imprescindible para todo aquel que aún crea en la posibilidad de algo grande, de algo que supere la patética y triste realidad cotidiana que el mundo moderno nos ha destinado a nosotros, a los buenos europeos, tan extraños como nos sentimos hoy en nuestra propia tierra.

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