28 de mayo de 2009

LA ABSURDIDAD: El Mito de Sísifo y el «abismo camusiano»

«Por una inconsecuencia extraña en raza tan sagaz, los griegos aseguraban que quienes morían jóvenes eran los amados de los dioses. Y no es cierto, salvo si se quiere admitir que entrar en el mundo irrisorio de los dioses es perder para siempre el más puro de los goces, que es sentir y sentirse sobre esta tierra. El presente y la sucesión de los presentes ante un alma sin cesar consciente, tal es ideal del hombre absurdo. Mas la palabra «ideal» conserva aquí un sonido falso. No es siquiera su vocación, sino sólo la tercera consecuencia de su razonamiento. Habiendo partido de una conciencia angustiosa de lo inhumano, la meditación sobre lo absurdo regresa, al final de su itinerario, al seno de las llamas apasionadas de la rebelión humana».

Albert CAMUS, El Mito de Sísifo, Alianza Editorial, BA 0660, Madrid, 2004. Quinta reimpresión. Página 83-84. Traducción de Esther Benítez.

Leyendo El Mito de Sísifo (publicado en 1942, el mismo año que se dio a conocer El Extranjero), ensayo sobre la absurdidad y el suicidio, de Albert Camus (1913-1960) no paraba de pensar en Cioran o en Becket, incluso en Kafka o en Nietzsche. Todos ellos, incluido Albert Camus, se dieron cuenta de que la vida no tenía ningún sentido y que el hombre era un ser difuso repleto de antinomias argumentales para justificar y evidenciar su existencia; la esperanza, Dios… son asideros del hombre que no asume su insignificancia y el vacío existencial, lo más parecido en el hombre al instinto de conservación animal.

La obra que aquí comentamos es un abismo, por ello el epígrafe parcial de «abismo camusiano», pues a muchos lectores les podrá causar vértigo o repulsión; y porque ciertamente hay un abismo entre el hombre con conciencia de lo absurdo de la vida y el hombre provisto de una inconsciencia, en un sentido de “no conciencia de lo absurdo”, que da sentido a su vida. Hay dos posibilidades pues: 1. Sumirse en la lectura y correr el peligro de caer en el abismo; 2. Ni siquiera asomarse al abismo y alejarse a terrenos menos peligrosos, carentes de la conciencia y consciencia de la absurdidad. El hombre de conciencia absurda siempre anda de forma irremediable, como por una especie de instinto, por el filo del abismo. ¿Y cómo nace el absurdo? Pues como señala Camus, gracias a ese divorcio entre la conciencia del hombre, por fin consciente de la inutilidad de la vida y de la sinrazón y sinsentido esencial a toda la existencia, y la realidad dada fuera de dicha conciencia que ayuda a construir la experiencia propia. De este modo mana una desazón inapelable, «la náusea». Finalmente, después de este “nacimiento” o “despertar al absurdo”, se bifurcan dos caminos: el suicidio (lo más profundo del abismo) y la rebelión (darle sentido a la vida, construir). Y obligatoriamente debemos elegir uno de los senderos.

Lo irracional no es “no asumir” lo racional, sino afirmar que la vida carece de sentido y lo que ella contiene de ilógico, ¡afirmar su vacío e intrascendentalismo! ¡Sólo hay pensamiento profundo siempre que uno es capaz de proveérselo con su propia conciencia, pues al fin y al cabo como experiencia sirve exclusivamente lo vivido y pensado!; una vez tomado esto, el hombre absurdo y con conciencia de lo absurdo está preparado para vivir la vida, a rebelarse contra la existencia y desafiar a la muerte; ya no hay contradicciones, la vida adquiere sentido con la conciencia de lo absurdo; y es un sentido absurdo, pero es su sentido.

El mensaje de Camus es afirmador, dice sí a la vida, si a la mayor cantidad de vida posible, ¡la vida debe agotarse y la muerte desafiarse! Así, en cierto modo, Camus zanja la problemática del suicidio, que es calificado como una salida del absurdo, pero he ahí de nuevo la paradoja: lo absurdo de vivir es precisamente la muerte. Por lo tanto, es un error esa máxima de que una conciencia consciente de lo absurdo debe, para ser consecuente, recurrir al suicidio; se puede salir de esa visión absurda de la vida precisamente asumiéndolo en afirmativo, siendo conscientes de ello: el suicidio es así tomado como una debilidad, la asunción del suicida de que la realidad le supera. Cómo no, esta forma de vivir, de vivir sabiendo de la inutilidad de las cosas, del sinsentido de las emociones, de los actos, de las consecuencias… requiere fortaleza y voluntad, sufrir y gozar cada segundo con la experiencia propia y tomada. Lo absurdo ha de superarse y la existencia debe ser rebasada para llegar al último instante habiéndolo agotado todo. La libertad se reduce a la de un hombre condenado a muerte.

«Vivir una experiencia, un destino, es aceptarlo plenamente. Ahora bien, no se vivirá ese destino, sabiéndolo absurdo, si no se hace todo para mantener ante sí ese absurdo iluminado por la conciencia. (…) Vivir es hacer que viva el absurdo. Hacerlo vivir es, ante todo, contemplarlo».

Albert CAMUS, El Mito de Sísifo, Alianza Editorial, BA 0660, Madrid, 2004. Quinta reimpresión. Página 72. Traducción de Esther Benítez.


En El Mito de Sísifo Camus hace constantes referencias a la esperanza; y no solamente a esa mirada hacia un porvenir dudoso, sino también a la añoranza como una esperanza a la inversa. Ambas miradas en el tiempo son absurdas, tal como lo es la vida, pero doblemente absurdas si tenemos en cuenta que ante tal tesitura el presente queda sin vivirse y la vida pasa instante por instante como un muerto paseado encima de la manecilla de un reloj: mejor sentir la vida “en toda su lentitud”, como diría Sartre, que de forma efímera. Por lo tanto, asumo la esperanza y la nostalgia como vías de escape del absurdo de la existencia en la misma vida, pero en forma de óbito, pues a dicho ser le gobierna la inconsciencia y el autoengaño; y el hombre absurdo precisamente quiere ser el más consciente de los seres, el más inocente, aquel que convencido de lo absurdo, no justifica nada, ni moraliza, pues nada tiene sentido, simplemente vive en la contemplación cruda del absurdo y en él se afirma: el hombre absurdo nace de una inteligencia angustiada por la existencia, pero no busca consuelo, sino verdad y certeza. Esa afirmación en el absurdo que ya hemos citado anteriormente en este párrafo es toda una rebelión existencial.

«Elijo únicamente hombres que sólo aspiran a agotarse o de quienes yo tengo conciencia, por ellos, de que se agotan. La cosa no pasa de ahí. De momento no quiero hablar sino de un mundo donde tanto los pensamientos como las vidas carecen de futuro. Todo lo que hace trabajar y agitarse al hombre utiliza la esperanza. El único pensamiento que no sea engañoso es, por ende, un pensamiento estéril. En el mundo absurdo, el valor de una noción o de una vida se mide por su infecundidad».

Albert CAMUS, El Mito de Sísifo, Alianza Editorial, BA 0660, Madrid, 2004. Quinta reimpresión. Página 92. Traducción de Esther Benítez.

Testimonio del absurdo existencial es el arte, pues éste nace de la angustia que produce la carencia de certezas y lo perecedero del hombre. De esta forma, el arte tiene sentido en cuanto que la vida carece de él. Si todas las certezas fueran respondidas, el arte sería innecesario, pues bien es sabido que no florece verdadero arte si no contiene alguna gota de sangre, alguna lágrima, alguna pasión descontrolada, etc. Así que podríamos sentenciar este párrafo diciendo que el arte es hijo de la absurdidad. El artista surge entonces como medio para expresar lo absurdo e inhumano de la humanidad y como un medio para salir del absurdo. Ante tal expresión, el artista aparece ante sí y ante todo humano, demasiado humano.

En cuanto al mito sobre Sísifo, Camus nos muestra a Sísifo como al “héroe absurdo” y consciente que ha desafiado a los dioses: cargar con esa roca es tanto una condena de los dioses como una venganza de Sísifo por su obediencia (y es que solo hay castigo si este va en contra de la voluntad; si Camus se imagina a Sísifo feliz, yo me lo considero conforme). Nuestra vida se articula hacia un destino inconcluso y sin ninguna utilidad, en jornadas duras y sentidas infinitamente algunas veces para nada y por nada: aquel quien se dedique a un trabajo físico sabrá de lo que hablo: todo el bienestar dado es un chantaje, no es real, está condicionado y sobre todo domestica al hombre para no rebelarse y hostigar al poder. Al final de la jornada, camino a casa, ese hombre piensa en su vida: la casa de Sísifo es el descenso de la montaña, aunque Camus dice que su casa es la roca. Algunos se sumen en la esperanza, otros adoptan la consciencia del absurdo, de lo trágico, y puede que ello o bien le llene de alegría o de angustia, así de imprevisible es todo. Pero Camus nos dice -a él se lo dijo Homero- que Sísifo es un héroe trágico porque sabe del absurdo de su trabajo infinito y eterno, por lo que hemos de entender que Sísifo posee como matiz el ser consciente de su castigo, de su pena, de su desgracia: Camus le llama el “proletario de los dioses”.

El destino de Sísifo es inútil, lo que nosotros hagamos también, obrar absurdamente a nuestra manera es rebelarse contra la misma muerte y el absurdo inmanente en todo, que es lo que hace baladí e ilógico todo objetivo en esta vida, pues, ¿tanto para nada, para sepultarse en el olvido? De ahí tanto consuelo del hombre antiguo en la noción de eternidad, tanto ímpetu demostrado por los antiguos para ganarse el favor de los dioses y no ser desterrados al olvido.

Por lo tanto, Sísifo es también el hombre que desafía a la muerte, el hombre que se somete a las pasiones y a los goces de este mundo, eso es la rebelión, eso es ser bellamente trágico, brillantemente consciente, la felicidad y la angustia. No hay más, no hay respuesta. Sueño con que al final Sísifo, ya sabedor de su victoria y sin nada que perder, una vez en la cima, antes de que la roca se le resbale de entre sus fornidos dedos y su ancho hombro, se la arroje a los dioses para aplastarlos. Así Sísifo dejaría de ser metáfora del proletario; en su lugar, Sísifo ya representaría al Revolucionario: su rebelión llevada hasta al último de los hombres.

Sin embargo, y en definitiva, al final todo me parece absurdo, tanto si la vida tuviera o no tuviera sentido. Y es que el absurdo es inapelable y hace al hombre muy heroico en su obstinación por nada, lo que también es absurdo, pero hermoso y estético: el hombre convertido en obra de arte.■


Otros artículos sobre obras de Albert Camus:

- LA PESTE
- El Extranjero

2 comentarios:

  1. Pero, ¿tan necesario es contar con una teleología? ¿Tan necesario es disponer de un plan universal dirigido a un fin? ¿Tan complicado es abandonar esta costumbre?

    En Grecia, hasta Diógenes de Apolonia (nacido en el 480 a. JC. aprox.) no aparecen los primeros esbozos del principio de teleología. Su desarrollo completo no llega hasta Aristóteles. Sin embargo, no se sintieron tan atribulados los griegos presocráticos por carecer de la idea de que el mundo tiende hacia un fin.

    Por otro lado, si el mundo no tiene sentido se le puede otorgar. Sólo hace falta para ello tener una naturaleza poderosa. Nada más.

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  2. León Riente, precisamente de "tener una naturaleza poderosa hablo". Basta de lloriqueos, basta de tonterías, hay que vivir lo más posible, activamente, desafiantes, con fuerza de héroes, sufrientes pero complacidos. Es decir, basta de martirio, que es sufrimiento quejumbroso del que se espera encima ser venerado y recibir premios. Ser activos, ser vivos, ser absurdos... El Hombre Absurdo equivale al Superhombre nietzscheano en ciertos rasgos existenciales.

    El Ser Absurdo de Camus representa el cobrar conciencia de la existencia inútil y la consciencia de la realidad espacio-tiempo y demás dimensiones si las hubiera.

    Hasta pronto.

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