23 de octubre de 2009

MAX STIRNER, «el único» y «su propiedad» (I): EL SUPERHOMBRE:

HE FUNDADO MI CAUSA EN NADA

Datos de la edición de "El Único y su Propiedad", de Max Stirner, a que se refiere el artículo: Editorial Valdemar [Enokia S.L.], octubre de 2005. Letras Clásicas nº3 Traducción de José Rafael Hernández Arias.

No os engaño si os dijera que descubrir a Max Stirner ha sido todo un gran acontecimiento para mí. Su obra El Único y su Propiedad ha abierto en mí nuevas miras, nuevas pistas para una nueva reivindicación: entreveo la insurrección de un nuevo tipo de ser, el egoísta. Pero el egoísta no es aquel hombre avaricioso que lo quiere todo para sí, de este tipo lo son «los menos»; o también podría serlo, pero lo que quiero decir es que no estamos hablando del significado convencional que suele tener dicha palabra. El egoísta es ante todo aquel que se reconoce a sí mismo, aquel que tiene «plena conciencia de su unicidad, de su ser como algo completo»: lo exterior le es ajeno, con «lo impropio» sólo existe una «relación». Uno mismo es absoluto, el ser mismo de cada uno es absoluto, a eso es a lo que llamamos «unicidad». Con esta conciencia nace el egoísta, él es su propia cima, él mismo es su causa, no sirve «nada» que no sea él mismo; ni pone a ídolos, a dioses, a Dios, una causa ajena, etc. por encima de sí. El egoísta, reconocido a sí mismo como soberano, se libera de las convenciones establecidas (y si las aceptara sería porque ve en ellas un provecho y de dichas convenciones se «apodera»), de la masificación, de la simplificación y reducción sociales: él es único entre todos, es el ser que se reivindica, aquel que quiere ser él mismo, aquel que persigue sus causas, su propio camino, sus propias ideas, su propio capricho y no el de otros… «Yo no soy nada en el sentido de vacío, sino que soy la nada creadora, la nada de la cual yo mismo lo creo todo como creador» (Pág. 35). Atisbo la idea precursora del superhombre de Nietzsche… ¿precursora? No, tal vez no, en Stirner encuentro la propia idea de superhombre, Nietzsche la engrandeció y enriqueció aún más. Rescató esa idea como muchas otras ideas de Max Stirner de la burla y de la ignominia a la que fueron sometidas al ser tratadas como una broma o una burla, y eso que El Único y su Propiedad ha sido una obra que se ha vendido bastante bien.

El soberano individual, el hombre aristocrático moderno, un ser lo más parecido a un ser «libre» de forma real (ser libre es servirse a uno mismo, lo demás es charlatanería: ¿qué libertad encuentro trabajando para el prójimo -o el Estado y demás formas de prójimo-?, ¿acaso el prójimo trabaja para mí? Todo se ha construido bajo la falacia descuidando la realidad egoísta de todo ser), resurgió en aquella época donde los énfasis modernos -los nacidos de la Ilustración y de los Utilitaristas- empañaban hasta hacer invisible todo ánimo de elevación, de grandeza, de individualidad verdadera: el derecho a uno mismo, el derecho a no ser reducido a la mayoría, a una plebe, a una canaille, a un grano de «harina» más de la «masa», etc. (Si la Ilustración universalizó las ideas de Hombre y Humanidad reduciendo a todos a lo mismo, el utilitarismo redujo todo al «interés general»).

«Dios ha fundado una causa en él mismo», diría Stirner. El resto de los seres le siguen, su causa y el propio Dios están por encima de todo ser humano, de todo ser hombre, de todo ser inhumano, etc. Durante siglos, al menos durante dos milenios (veo cierta generosidad en los dioses griegos y romanos -y en casi todo politeísmo-, al menos ellos hacían que el hombre se viera igual de grande y valioso que ellos, conseguían que lo humano, el Hombre, ¡el individuo!, se elevara… ¿por qué si no los dioses ponían a prueba a los Hombres? Su tiranía para con nosotros era su generosidad, mostraban su amor a base de catástrofes para que nos hiciéramos fuertes) los hombre se han postrado ante una idea imaginaria que hemos llamado Dios (Único). Un Dios no menos imaginario que cualquier otro Dios, pero este Dios tenía la particularidad de humillar al Hombre, de condenar toda belleza y exceso de vitalidad y fuerza mediante el «pecado». Un Dios así que humilla al Hombre no merece ser depositario de fe, un Hombre que se deja humillar no merece ni siquiera vivir. El egoísta no ve a ese Dios de origen «abrahámico» por encima de sí, sino que tal como dicha idea se proclama a sí mismo su propia causa, su propio objeto de veneración y amor. No hablo de ateísmo o de laicismo, quien es soberano se apropia de lo que le interesa… ¡hablamos de independencia del YO, de soberanía individual, una mirada post-ilustrada que reivindica al individuo en lugar del universalismo y el aborregamiento!: « Mi causa no es ni la divina ni la humana, no es la verdadera, buena, justa, libre, etc., sino solamente la mía, y no es ninguna causa general, sino que es… única, como yo soy único. ¡No me interesa nada que esté por encima de mí!» (Pág. 36)

Pero claro, las ideas no se sitúan por encima nuestra solas, el propio Hombre es quien las inventa: su necesidad de algo superior lo hace sí. El Hombre no sabe mandarse, no sabe ser soberano, necesita una disculpa, un asidero aunque sea irreal y metafísico. Ante esta necesidad, que igual puede beneficiarte o perjudicarte, hemos creado monstruos que nacieron de nuestro entusiasmo y de nuestro apasionamiento: así surge toda espiritualidad. ¿Y a qué llama Stirner espiritualidad? Pues a todo pensamiento, al pensamiento mismo. Dios es espiritual en cuanto es pensamiento. Un Hombre es espiritual en la medida en que basa su vida en la creación de pensamientos, en cuanto que vive de pensamientos y para los pensamientos. El «Hombre espiritual» aún no es el egoísta para Stirner, pues en su jerarquía personal no se ha vislumbrado como «único» y «propietario» de su propio ser y de su propia voluntad, sino que se subyuga a las ideas, ante todo lo que cree que le es superior: este hombre aún no ha hecho de sí mismo su propia causa, aún no se ha elevado sobre todas las cosas: no se ve como creador (ni de valores ni de nada), sino como hombre que sigue a algo superior a él -incluso si eso superior a él es su propia creación: las ideas se convierten en su Señor, por lo que no es Señor y Dueño de sus ideas.

En definitiva, unos siguen a Dios, otros al Hombre y a la Humanidad, otros a la Ley y al Estado… Sin embargo «el egoísta» se sigue a «sí mismo», y ese «sí mismo» no está por encima del propio sujeto, del propio individuo, sino que es el sujeto mismo, forma parte de su unicidad como ser absoluto. Por otro lado, el egoísta no es por necesidad menos espiritual, ¿Qué es sino «espíritu» ese «sí mismo»?, ¿qué no es sino esa voluntad creadora la forjadora de espíritus?

En los siguientes artículos profundizaré más en todos estos planteamientos sobre la filosofía de Stirner, pues sin duda sus planteamientos no son claros por sí mismos (es decir, no se deducen fácilmente), sino que requieren de la reflexión y de la matización.■ 


Enlaces de Interés:
- El Único y su Propiedad
- Max Stirner
- Soberanía Individual
- Utopía Libertaria 

Textos utilizados para éste y futuros artículos dedicados a este ciclo de artículos:
 - EL ÚNICO Y SU PROPIEDAD (PRIMERA PARTE / EL HOMBRE)
- EL ÚNICO Y SU PROPIEDAD (SEGUNDA PARTE / YO)

5 comentarios:

  1. ¡Qué grande Stiner! Recomendable: "Eumeswill" de Jünger, son el Único transformado en Anarca.

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  2. Pues parece emparentado con el individualismo de Ayn Rand, lo cual no lo considero muy bueno.

    ¿Qué hay de la relación con la sociedad? Porque el individuo, a no ser que viva aislado cual ermitaño, tiene que relacionarse con la sociedad, y tiene que colaborar con ella, y ese grado de egoísmo parece hacerlo antisocial y destructor de la sociedad, que es la conclusión a la que llego pensando en qué pasaría si todos los individuos fueran así.

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  3. Si todos los individuos fueran así no tendría la duda de que la gente no sería hipócrita, sabría lo que quiere y muchas cosas más; al menos las relaciones humanas serían más sinceras. Stirner habla del derecho a la individualidad, de su derecho a ser diferente. Ahora mismo, QBIT, tú y Belén Esteban tenéis el mismo reconocimiento para el Estado. Para el Estado tú eres igual que Belén Esteban, jajaja... y aunque no te conozco personalmente por tu blog sé de seguro que te mereces un trato mejor. Pues bien, Max quiere ser él mismo, él mismo se da el derecho, él mismo se da la Ley, porque ni el Estado ni la Ley le respetan: Stirner es un aristócrata, cree en la jerarquía. Si el Estado y la Ley le respetaran igual Stirner las respetaría y les convertiría en su causa. Stirner no es antisocial en el sentido de que no se relaciona (eso sí, el toma una distancia, no se mezcla con cualquiera), pero no se deja llevar por las convenciones sociales: él decide qué pensar, él decide sobre sí mismo lo que tiene que ser: él sabe lo que le interesa. De hecho Stirner habla del asociacionismo, asociación de individuos (o de yoes), de lo que hablaré en futuros artículos.

    Ya profundizaremos más en todo esto. La verdad es que Stirner es un pensador dado a malentendidos. El ego lo utiliza Stirner como sinónimo de YO o de "particularidad", de ahí "egoísmo", tendencia al YO, tendencia a mi particularidad (lo que me hace distinto), no tiene nada que ver con el egoísmo al uso y ni siquiera veo a Stirner como egoísta al uso, pues qué mayor generosidad para el mundo que alguien autodeterminado -saber mandar(se) y obedecer(se)- que sabe dar cuando hay que dar pero que también sabe recoger. ¿Acaso no son egoístas los artistas? Y sin embargo de su arte nos aprovechamos todos: he ahí su generosidad, al artista no le importa que se aprovechen de su arte, también es su provecho.

    Por otro lado, en definitiva, ¿tan malo es el egoísmo, mirar por tu propio interés, que también puede ser mirar por el interés de muchos? ¿No es egoísta el Estado y la Ley, que miran solo para sí mismos? El egoísmo es inmanente, y hasta el mayor gesto de generosidad sirve a unos intereses, la generosidad misma es egoísta porque se vanagloria como tal. El que es piadoso, generoso, bienaventurado, abnegado lo hace porque busca el reconocimiento, no lo hace por desinterés, lo hace para que le glorifiquen, ¿no es eso egoísta? Así que hay que tomar una determinación amoral y ver el egoísmo como es, algo inherente en la Vida misma.

    Hasta pronto QBIT.

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  4. Esa crítica que haces, Qbit, tiene mucho de verdad. Pero también lo es que en la obra de Stirner hay muchos elementos aprovechables.

    Por ejemplo, la crítica y el desenmascaramiento que realiza de la filantropía y del filántropo, figura de moda en la sociedad actual bajo la forma de oenegeta (esta crítica la desarrolla en numerosos lugares de la obra, véanse por ejemplo págs. 115 y 116 de la edición manejada por Daorino). Stirner no se ocupa del filántropo que realmente sólo lo es de fachada (caso de "Esteban Lacoste", por ejemplo) y que utiliza la filantropía como modo de obtener dinero y bienes sin trabajar. Se ocupa del filántropo real y lo caracteriza como un egoísta más. El filántropo se preocupa de realizar su ideal, que le obsesiona, ahí está su egoísmo. No se diferencia en nada del hombre interesado, pues él también tiene un interés. Un interés de distinta naturaleza pero interés al fin y al cabo. No es la sociedad lo que le preocupa, sino la satisfacción de su interés, que es la satisfacción de su idea. Si la sociedad obtiene algún beneficio del desarrollo de su interés no puede decirse que sea por su actitud desinteresada, que no es tal. Es como el empresario que para obtener dinero crea una empresa. Obviamente necesitará contratar a algunas personas, generará empleo y con ello un bien social. Pero su intención primigenia no era esa, era ganar dinero utilizando su dinero. La generación de empleo ha sido algo indirecto y fuera del interés del empresario. En el alto mundo empresarial abunda también la filantropía: son elementos similares, en sentido anímico, los que están detrás de la interés en ganar dinero y de la filantropía (o interés en realizar tu ideal en el Hombre utilizando para ello a los hombres).

    También es importante la denuncia que hace de la "religión del Hombre" como religión del mundo moderno. Considera este concepto como una realidad fuertemente opresiva, que se quiere imponer y que exige una serie de deberes a todo hombre concreto, y reacciona contra ello: "Yo soy Hombre en la misma medida en que la Tierra es un planeta. Tan ridículo sería ponerle a la Tierra la tarea de ser un auténtico astro como a mí inponerme como misión la de ser un hombre auténtico" (pág. 231). Anticipa así una crítica a la ideología, igualmente opresiva, de los Derechos Humanos.

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  5. El fallo está en considerar todos esos egoísmos iguales, cuando unos lo son más y otros menos. Unos son más productivos o útiles y otros menos. Unas filantropías son más puras y otras menos.

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