27 de julio de 2012

LA LUCHA POR LO ESENCIAL


Sobre la ausencia del poder del pueblo

El devenir de los acontecimientos ha dado una fuerza a mis argumentos "antidemocráticos" (respecto a lo que hoy se entiende como democrático, lo que no quiere decir que yo no sea democrático) que ni yo mismo me esperaba. No ha sido menos en cuanto al concepto de libertad se refiere. El texto que sigue no pretende hacer una reflexión sobre la libertad; dicha reflexión, tratando el concepto como instrumento filosófico, ya lo he esbozado en otros artículos y textos. Por ello quiero subrayar que aquí hablaré de libertad tal como se entiende habitualmente para evitar constantes aclaraciones o matizaciones.

Suponiendo que la dictadura va en contra de la libertad y que dictadura es cualquier sistema, aunque sea democrático (pues lo democrático tiene muchas formas, no sólo la parlamentaria, sufragista, etc.), que atenta contra nuestras libertades, reconocidas en nuestro caso en la carta magna de 1978, me pregunto qué es mejor: si las libertades de una democracia o la soberanía de una dictadura. Lo digo así porque es el caso español. Esta reflexión hay que afrontarla, todo español debe hacerlo, pues mis padres y mis abuelos vivieron mejor que yo. No lo hicieron con tantas comodidades, ni con tantas tonterías o lujos, pero pudieron afrontar, poseer y disfrutar de lo esencial: de un trabajo relativamente estable, de la creación de una familia, en muchos casos numerosa, y de la obtención de un hogar. Quizá trabajaron toda su vida, pero eso no es signo de oprobio, ni siquiera criticable. No entiendo ese espíritu español que aborrece el trabajo y el esfuerzo, que huye del sudor y que vive de apariencias y de valores burgueses; un espíritu, el español, hoy adormecido, carente del brío y de la valentía para la lucha. Hoy el español es una vergüenza, lo sería ante el vetusto español, el español histórico, aquel español que por ser español, sólo por ello, hacía temblar a medio mundo.

Nuestra fuerza de trabajo es nuestra porque sólo ella nos pertenece. No hay nada más digno que trabajar y contribuir con él al bienestar y buen funcionamiento de la sociedad. Este estado de ocupación no garantiza nuestra dignidad en tal sentido, más bien nos lo niega, ya que el desempleo, en este sistema de beneficio por encima de todo lo demás, no de bienestar o de dignidad social, es un ajuste más de la economía. No esperen pleno empleo en un sistema de capitalismo, las cuentas deben cuadrar; y tú, para el sistema, no eres una persona.

Así que parece ser que la dictadura franquista (y esto me va a doler decirlo, pues no soy amante de esa dictadura precisamente), una época preconstitucional, veló mejor por esos valores y derechos de los que nos han sido despojados y que ilustra la farsa del 78. Y a pesar de todo, a pesar de ese cese de soberanía por el asunto de las bases norteamericanas en nuestro suelo, a pesar de la ausencia de muchas libertades (que aunque reconocidas hoy en un papel, bajo todos sus efectos muchas de ellas siguen siendo ineficaces o ausentes o aplicables a unos y no a otros) y un largo etcétera que no voy a enumerar, pero que tiene para largo.

Durante más de 30 años hemos sido gobernados por políticos  supuestamente democráticos -y esto seguirá siendo así si el español no se revela de una vez- que iban a velar por nuestros intereses en lugar de por los suyos y los de terceros. Hemos elegido gobernantes que al final sólo son muñecos de quita y pon, donde el rostro es distinto, sus mensajes maquillados y aparentemente diferentes, pero que al final sirven al mismo amo. Y el amo de esos hombres no es el pueblo. Si votar sirviera de algo no se votaría. Si un pueblo fuera soberano no habría ni necesidad de votar. Si por alguna razón se votara, si el pueblo fuera soberano sería responsable y antepondría los intereses de la nación a los suyos propios: la nación debe ser nuestro mayor interés, así como garantizar su soberanía y luchar por ello hasta la muerte si es necesario. Es la soberanía y la formación de personas íntegras lo que hace a un país soberano y democrático. Pero hoy no existe democracia ni aunque se vote, haya división de poderes, una supuesta pluralidad política y una constitución muy bonita y muy bien escrita; y no sólo porque España haya sido intervenida y despojada de su soberanía, sino por el propio perfil del español medio, sin conciencia política y sin compromiso político y social. Esta realidad hay que asumirla.

Así que ya es hora de que el franquismo se estudie seriamente, sin remordimientos ni sentimientos encontrados, ya es hora de que la historiografía afronte los asuntos históricos con seriedad y que se deje de politizar aquella época como la más oscura de este país, donde la mayoría de la población gozaba de lo esencial. Podrán decirme que antes los españoles emigraban, pero yo les diré que qué tendrá eso de malo, ¿es que pueden emigrar todo el mundo menos los españoles? Como me dijo León Riente en relación a la emigración española de los 60: "fue algo malo que la gente tuviera que salir de España por falta de trabajo. Pero es que hoy pasa lo mismo, los españoles emigran por falta de trabajo, y nos lo muestran como algo positivo, con programas basura como «Españoles por el mundo», y eso es una desfachatez". Y así es, ese hecho supuso una tragedia entonces y lo sigue siendo hoy. Y yo apunto que la tragedia de la emigración española al extranjero es hoy doble, e incluso triplemente trágica. Primeramente es una tragedia que alguien abandone su patria. Como segundo, mientras cientos de miles de españoles no encuentran su oportunidad en su país, otros extranjeros, que no son precisamente cualificados en muchísimos casos, vienen al nuestro y se les da todo. Como me dijo un hombre común con toda su sencillez, un hombre entrañable y de cierta edad, y sin embargo con una gran energía: "en España hay sitio para todos menos para los españoles". Afirmación un tanto exagerada, pero no carente de sentido. Como tercero, para consumación de la tragedia, se van muchos de los españoles mejor formados.

Buena parte de las organizaciones inmigracionista aprovechan este hecho para ensalzar los beneficios de la multiculturalidad y justificar la entrada masiva e ilegal de inmigrantes procedentes de países del Tercer Mundo; incluso para comparar una inmigración con otra. La española obviamente es emigratoria, no inmigratoria, desde nuestra óptica española. Tal comparación, no obstante, me parece carente de sentido. Los españoles, allí donde van, lo suelen hacer con toda legalidad, con papeles. Acaso, hemos de interpretar esta evasión forzosa de compatriotas al extranjero como parte de esas políticas mundialistas que pretenden acabar con los pueblos (dispersándolos por una parte, llenándolos de elementos alógenos por otro), su identidad e idiosincrasia histórica, en pos de un gobierno mundial, una raza única, una moneda mundial única, etc.  

Hoy vivimos supuestamente libres y sin embargo carecemos de lo esencial. Gran parte de mi generación, así como las que vienen, viven y vivirán despojados de lo esencial. ¿Acaso la libertad nos da de comer? Pero lo esencial, sin embargo, nos da libertad. Durante el franquismo puede que no hubiera muchas libertades democráticas, pero existía una mayor democracia en cuanto España era un país más soberano y el estado representaba mucho mejor los intereses de los españoles. Hoy los estados democráticos no representan a sus ciudadanos, sino los derechos de la banca internacional y de todo un despliegue de organizaciones que no se han sometido al escrutinio de los ciudadanos. ¿Así que es hoy momento de luchar por esa libertad idílica y abstracta que nadie sabe lo que es, ni siquiera aquellos que se llenan la boca con tal palabra porque queda bonito? ¿Acaso no es el momento de luchar por lo esencial, que es realmente lo que nos puede dar esa libertad que anhelamos? Es más, ya es hora de que se cuestione en la calle seriamente el hecho o no hecho de la existencia o no de una democracia en la actualidad. Sé que tales cuestionamientos se hacen, pero no sin miedo a ser tachados de fascistas o dictadores. No tengamos miedo, no hay mayor libertad que vivir sin temor a los hombres. Y también deberíamos desmoralizar, es decir, despojar de cualquier juicio moral, el mundo político: la democracia vive de la bondad, de una bondad que se ha dado por sentada sin más a tal sistema, y ningún sistema democrático es bueno por el simple hecho de llamarse así, lo mismo que un hombre disfrazado de perro no es un perro.

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