3 de noviembre de 2012

EL REVOLUCIONARIO IMPOSIBLE


Nuestra revolución debe ser la de la vida, la de un sí a la vida. Nuestra revolución debe ser la de la alegría, pues alegres debemos ir por el mundo, insultantemente alegres, incluso en el paredón... si a tal extremo llegamos. Nuestra revolución debe ser la de la lucha, pues mediante ella nos expresamos vitales y alegres; y mediante ella alzamos un camino que nos llevará a la consecución de nuestros ideales... y estado ideal de cosas. Sin piedad, sin temores, somos la superación a la muerte... la muerte no existe como un no a la vida, sino como un lugar dentro de la vida, es nuestra eternidad: la superación de la propia muerte y... de la propia vida.

Nuestro mayor valor reside en la acción, no nos fijamos en la palabra, sino en el ejemplo. Por ello, nosotros, los revolucionarios, debemos ser ejemplares: que la palabra vaya siempre acompañada de una acción. Ejemplares para los niños, ejemplares para los adolescentes, ejemplares para todo nuestro pueblo. Por ello la revolución empieza por uno mismo; quizá sea la hora de renunciar a un montón de cosas, a cambio nada o muy poco, pero nosotros no esperamos nada. ¿Para qué esperar, no somos acaso hombres y mujeres de acción?

Queremos al enemigo, sólo a cierto enemigo, porque nos entretiene y nos hace ver cuánto valemos: sobretodo le queremos por costumbre, por inevitable. Le rondamos, ansiamos que se mida con nosotros. Cuanto más decente mejor: un enemigo formidable hace dulce la victoria, pero digna la derrota. Así que despreciar al enemigo pequeño, ansiar al enemigo fuerte y erguido. Y que aquí la palabra desprecio adquiera dimensiones superlativas. Que nuestro respeto sea ganado con sangre, que el ganado por nosotros sea igualmente sangriento... pero sobre todo merecido.

El socialismo no es una opción. No lo es si eres nacionalista. Si realmente lo eres... con la acción demostrarás ser socialista, porque de lo social harás tu preocupación, es decir, de tu pueblo harás tu misión y de él harás tu lucha hasta el final. Pero lo social no es todo, lo social es sólo tu comunidad, la comunidad de tus iguales, de aquellos que se asemejan a ti por dentro y por fuera. La comunidad es sangre y espíritu: ambas se contienen mutuamente, ambas conforman lo que somos. Y es que ser nacionalista es amar lo propio. Y no es odiar lo ajeno, sino respetarlo, pero respetarlo mediante el pathos de la distancia, entendido este pathos en todo su sentido aristocrático, hiriente para el hombre actual. Por supuesto, nuestro amor debe ser celoso, no debemos amar otra cosa que no sea a nosotros mismos y aquello que nos haga ser más nosotros mismos. Nuestro amor no es gratuito, no es universal, nuestro amor nos protege de los enemigos... no se puede mezclar, nos ha de mantener enérgicos y puros.

Y somos hombres y mujeres de acción. No nos gusta esperar, no nos gusta esperar con esperanza. Repudiamos la esperanza, es la antítesis de la voluntad. Nuestra voluntad es nuestro ego, nuestro ser, lo volitivo nuestra expresión en el mundo. Somos pasado, presente y futuro, somos un devenir que viene de todos los espacios temporales, una corriente difícil de imaginar... ¡pero imparable!

Nuestro orgullo no es presunción, nuestro amor es amor propio y autoconocimiento de nosotros mismos: mal se quiere aquel que se sobrevalora o se infravalora. Por ello detestamos al humilde, sobre todo si es falsamente humilde, pues quien presume de humildad pretende ser un hombre distinguido, un penoso hombre distinguido. Sea este un modelo de hombre despreciable para nosotros, no menos el que se vanagloria de la imagen engrandada de sí mismo.

Y nosotros nuestros iguales, nosotros los hombres y mujeres de un mismo pueblo, con una misma misión y con una misma lucha... necesitamos nuestros héroes y nuestra jerarquía. Tanta comodidad ha aburguesado los sentidos y los instintos de lucha. Repudiemos el igualitarismo... ¡que nadie te confunda con el otro! No hagas del dinero, de los objetos, de lo superficial, del mercado... el fin de todas cosas, sino haz de ti el fin de todas las cosas y de todo lo demás un medio.

No perdamos el empeño. Nuestra fuerza no perecerá jamás. De las cenizas surge siempre el pájaro más bello, el ser de luz por excelencia, aquel que renace, que es un desgarro de la muerte... El fénix es nuestro sino. Hoy parece que todo juega contra nosotros, que el mundo nos aplasta, que las injusticias nos persiguen, que la vida se ha convertido en un laberinto sin salida en el que no existe el futuro. La vida parece habernos convertido en mera existencia parecida a la de una roca, un lugar en el que la vida está parada. Pensemos en el fénix, pensemos en nuestras alas de fuego, pero antes pensemos en quemarnos... en consumirnos... para resurgir en toda nuestra gloria.■

1 comentario:

  1. Muy enérgico.

    Destaco sobre todo las siguientes frases:

    Y es que ser nacionalista es amar lo propio. Y no es odiar lo ajeno, sino respetarlo

    De hecho, para construir nuestra identidad viene bien que existan alteridades. Pero no tan cerca, y no para que se mezclen, porque entonces corremos el riesgo de la mezcla y de reducción de todo a un mínimo común denominador, tan simple y estúpido. Esto es la subcultura cosmopolita, por ejemplo, o la "fusión musical".

    (...) mediante el pathos de la distancia, entendido este pathos en toda su sentido aristocrático, hiriente para el hombre actual

    Y tanto, para un hombre imbuido de igualitarismo en el peor sentido del término.

    nuestro amor debe ser celoso, no debemos amar otra cosa que no sea a nosotros mismos y aquello que nos haga ser más nosotros mismos. Nuestro amor no es gratuito, no es universal, nuestro amor nos protege de los enemigos... no se puede mezclar, nos ha de mantener enérgicos y puros

    ¿Qué valor tendría aquello que se da a cualquiera, incluso a desconocidos y extraños? Ninguno.

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