19 de noviembre de 2013

EL HEROÍSMO, LA NOBLEZA Y LO INTEMPESTIVO


La libertad no es lo bello, lo bello es sacrificar tu libertad: aquello por lo que la sacrificas debe ser algo superior, por necesidad, a la libertad.


Lo fuerte es bueno, la belleza es buena, la nobleza es buena... y «(...) ¡cuánta sangre y horror hay en el fondo de todas las «cosas buenas»!...», enseña Nietzsche. Entonces, el heroísmo es bueno.


El pacifista es como una piedra pequeña en el camino. Se le da una patada y adiós.



La gloria. Ese momento que dura un instante, que se recuerda hasta la muerte y que llega hasta la eternidad, donde los dioses sonríen y se alegran de las pequeñas hazañas humanas.



Uno piensa que cuanto más se eleva, que cuanto más es mejor, que cuanto más se supera, va a ser más amado y más admirado, que incluso servirá de ejemplo para alguien, o, simplemente, será la esperanza de unos y/o la ilusión de otros; uno piensa que hace las cosas no por todo lo anterior necesariamente, sino por entregar a los demás todo aquello de lo que es capaz por sí mismo y por la fuerza que otorga un sentimiento de poder, la grandeza misma. A mí me pasa que veo a personas que consiguen magnas proezas y me alegro, hasta me emociono. Pero no, no es así en todos los demás, en este mundo tan demasiado humano no se despierta nada de eso -hay pocos nacidos biempensantes-; pensar en algo noble es adentrarse en la utopía... ¡es que ser noble es algo muy especial!, porque cuanto más te elevas lo que consigues al final es alejarte más de la gente. Te envidiarán, y hasta te odiarán. Esto explica por qué en una sociedad de masas, de borregos, lo mediocre se impone. La excelencia y la democracia afrancesada son incompatibles.



Antes me decían que era noble y me lo tomaba a mal. Pensaba que se referían a cierta docilidad, a ser manipulable. El ingenuo tiene algo de eso, claro, pero hasta que se da cuenta: a partir de ahí es una bestia, sea yo el vivo ejemplo. El ingenuo es el que se hace consciente. Ser noble es bueno.


No es lo mismo leer a Nietzsche que ser nietzscheano, ni es lo mismo ser nietzscheano que vivir nietzscheanamente. Lo segundo suena extraño, pero piensen en toda pose de nietzscheano, en cuánto farsante que se cree hasta la encarnación de Nietzsche por haberse leído un libro del prusiano. Ser nietzscheano puede ser una actitud ante las ideas en todo momento nietzscheana, pero vivir nietzscheanamente es ser un nietzscheano de acción, no mera palabrería.



Dicen que Nietzsche se adelantó a su tiempo. ¿Pero de cuánto tiempo hablamos? ¡Han pasado décadas y Nietzsche sigue adelantado a su tiempo! Somos el pasado de Nietzsche.


El heroísmo es un impulso que empuja a la gloria, un ímpetu que de alguna forma surge en muchos hombres, lanzándoles a lo imposible aun a riesgo de perecer por impresionar a los dioses. Sin embargo, los mártires aprehenden su impulso trágico en pos de la obediencia a su Dios Único. El heroísmo encierra en sí mismo un acto libre, mientras que el martirio es mandato divino: una orden sin más que sólo es gloria para el Dios. Entender esto es apreciar un detalle sutil que genera todo un abismo entre una visión puramente europea contra otra visión puramente abrahámica.



Que el heroísmo sea allí donde nos lleven todos nuestros actos, ¡a vivir peligrosamente se ha dicho!; que la nobleza sea nuestra condición, ser noble es bueno, ser noble es bello; que intempestivos seamos, que nuestros actos sobrevivan al tiempo.

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