8 de abril de 2014

OCURRENCIAS SOBRE EL ODIO Y LA ÉTICA

La ficción


y la realidad


Lo delictivo no es sentir odio, sino generarlo. Esa es la lógica que hay que tomarle al asunto de los delitos del odio. Que ellos sean unos odiadores es por culpa de los demás, como todo lo que les sucede en la vida. Nosotros los identitarios no es que fomentamos el odio, sino que les obligamos a odiarnos, por ello seremos condenables o condenados. Con esta lógica tan peculiar un asesinato sería hacer justicia, pues al fin y al cabo el asesinado ha tenido la osadía y la maldad de obligar al asesino a matarle.


Entre corruptos y solidarios España ha sido vendida y saqueada.


¿Qué es fomentar el odio? Decir la verdad, ser tu mismo, ser auténtico…





La realidad no tiene puntos de vista. Realidad sólo hay una. Los que tienen puntos de vista son los hombres. Hay quienes no tienen puntos de vista sobre lo Real, sino que tienen puntos de vista sobre sus propias realidades inventadas.


La ética se encarga de la moral. La moral como tal son perspectivas subjetivas de cada sujeto sobre lo bueno y lo malo, el bien y el mal, en un entorno concreto: esto sucede en otra escala entre los pueblos y de ahí surge toda ley (derecho consuetudinario) y toda forma de gobernarse (política). El hombre es un ser moral.

Es cierto que la vida en sí misma carece de moral. La vida debe entenderse amoralmente, más allá del bien y del mal. Eso es acercarse a una visión sobrehumanista, eso es caminar hacia el superhombre. Y ser un superhombre no quiere decir no tener una propia moral, es decir: una propia escala de valores.

Yo abogo por la ética de la costumbre, la de lo justo y de lo injusto, en contraposición a la moral del bien y del mal, aquella de lo bueno y de lo malo.


Cuando alguien dice que va a hacer algo por el Bien o dice que es muy bueno, ¡sálvese quien pueda!


Emil Michel Cioran me dijo en uno de sus libros: “No es humilde aquel que se odia.” Fijaros qué sentencia tan abismal. Por mi experiencia sé que del odio hacia uno mismo ha surgido uno de los seres más detestables del mundo moderno, parido hace ya algún siglo que otro: el hombre de la superioridad moral. Pero el hombre de la superioridad moral judeocristiana, aquel ser tan bueno y bondadoso que muta de multitud de formas, que vive en plena contienda con su flagelo y su espíritu; ese hombre que en secreto se jacta de ser quien es, tan “solidario”, tan comprometido… aunque todo sea pose o su negocio o una forma de manifestar su enfermedad mental.

El que se odia se cree un Dios; es decir, existe aquel que se odia que vive enamorado de su propio odio hacia sí mismo.




El humilde odia o ve con pena al orgulloso (o igual lo ama, ¡son tan generosos los humildes!), mientras que el orgulloso desprecia al humilde y al megalómano; éste, el ególatra, no piensa en ninguno de los dos anteriores.

(Recomiendo este texto de mi autoría: AQUÍ)


Aprender a no odiar cada una de mis acciones y a no sentirme culpable es algo que dejo para mis adentros. A veces tengo que ponerme una máscara para no dar tanto miedo a los plebeyos, que desean constantemente gestos de culpabilidad, o de humildad, o de sentirte mal, pues sólo en ello ven la humanidad, lo cual les deja muy tranquilos.


Más allá del bien y del mal observamos feliz al superhombre. Alejado de toda moral de esclavos se siente ajeno a todos esos juicios humanos, demasiado humanos. Tan elevado, el superhombre mira alegre a las estrellas, donde encuentra su propio tiempo, del que es hijo. De repente todo se hace posible, la voluntad emerge sobre la libertad y el soberano marca su propio camino.

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