11 de diciembre de 2015

DÉFICIT DE AUTOESTIMA

La decadencia como expresión civilizacional

Portada del grupo musical Devastación, que ilustra perfectamente este artículo

El judeocristianismo, así como otras religiones o escuelas filosóficas para “cansados” (ver textos 1 y 2) son de baja pulsión vital. Sienten temor a la demostración de fuerza, a los impulsos vitales que perturban siempre su tranquilidad, la tranquilidad del estático -¡de la mentalidad burguesa!-; temor a la impulsividad y a las pasiones, sobre todo a la afirmación de todo lo que en la vida deviene, el asumirlo por muy doloroso que sea.

El judeocristianismo, por ejemplo, que ha configurado la civilización occidental, reconoce en su debilidad, en su rendición de la voluntad a una abstracción, su expresión de superioridad respecto del fuerte. Parece honroso flagelarse, verse a sí mismo como insignificante, poner la otra mejilla y perdonar mientras tu cabeza está a punto de rodar. La fuerza causa rubor en el débil, sobre todo miedo. ¿Por qué? Toda esas manifestaciones vitales van en contra de la actitud compasiva, piadosa y humana, entendiendo tal concepto en su dimensión moral, que no biológica.

¿Pero cómo es posible que pulsiones tan débiles generen tanta potencia hasta el punto de derruir y vencer fuerzas vitalistas y creadoras, es decir, a esas fuerzas donde la voluntad humana fuera el auténtico impulso civilizacional frente a la predestinación lineal y la fe en el Dios Compasivo del todoloperdona? Nos preguntamos tal cosa porque hemos concebido la concepción de la fuerza de manera equivocada. Siendo tautológico, enuncio que sólo es fuerte lo que se impone, y se impone porque es lo más fuerte. La fuerza aparente es sólo una cáscara, la fuerza real es la evidencia de un auténtico poder, lo que hace que algo sea o no sea. Y la fuerza real se mide por el volumen de voluntades que caminan en una misma dirección o por la capacidad de dominar el mayor número de voluntades. Por ello los superiores no siempre están donde les correspondiera, por ello la élite es siempre minoritaria; porque la fuerza y la superioridad no van de la mano. 

El poder de la masa es siempre más fuerte que la virtuosidad, atesorada en individualidades, en excepcionalidades, en siempre sujetos aislados. La decadencia como expresión civilizacional, la falta de amor propio como anti-virtud, son consecuencia judeocristiana, la que ha generado todos los anti-valores de la modernidad, siendo la seña de identidad de la masa, de que cualquiera vale.

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